“… por
abolir la polaridad cósmica de los
principios macho y hembra, nuestra sociedad conoce todas las incidencias
psicológicas propias del fenómeno
moderno llamado
de la lucha de los sexos”.
Lacan, J.,
“La agresividad en Psicoanálisis”
El concepto de femicidio fue
utilizado por primera vez en un contexto jurídico en el año 1976 en el Tribunal
Internacional sobre los Crímenes contra la Mujer en Bruselas por la feminista
Diana Russel y Jane Caputi para denunciar formas de violencia extrema contra la
mujer. La definición que se dio allí fue: “asesinato de mujeres por hombres motivado
por odio, desprecio, placer o sentido de propiedad de las mujeres”.
En Argentina, el término comenzó
a popularizarse en la primera década del 2000, de la mano de movimientos
feministas que enunciaban y denunciaban como un hecho político y social los
asesinatos de mujeres causados por hombres. Poco a poco el concepto de
femicidio fue extendiéndose y reemplazó al de crimen pasional.
El 14 de noviembre de 2012 se
sancionó la ley 26.791 que modificó el artículo 80 del código penal argentino
incorporándole la figura de femicidio para “quien matare a una mujer, cuando el
hecho sea perpetrado por un hombre y mediare violencia de género”.
Femicidio vinculado y femicidio no íntimo
La noción de femicidio vinculado
registra dos tipos de víctimas: las personas que fueron asesinadas por intentar
impedir el femicidio y por el otro, aquéllas personas con un vínculo con la
mujer, familiar o afectivo, que fueron asesinadas por el femicida con el objeto
de castigar o destruir psíquicamente a la mujer.
El femicidio no íntimo, es un
caso en el que el autor del crimen es un
hombre y la víctima una mujer o una identidad feminizada, mediando
violencia de género pero sin que el victimario o la víctima hayan mantenido una
relación de vínculo previo.
La justicia en Argentina cuenta
con un protocolo de actuación de las fiscalías para que los integrantes de ese
Ministerio Público cuenten con pautas ágiles y objetivas para identificar de
manera eficaz y poder implementar medidas rápidas ante situaciones de riesgo a
las que pueden estar expuestas las personas por razones de género.
En el año 2022, según el
Observatorio “Adriana Marisel Zambrano” que coordina la Asociación Civil “La
casa del encuentro” hubo en Argentina un total de 300 femicidios y 7
transfemicidios.
El 52 por ciento de los agresores
(160 casos) eran parejas o ex parejas de las víctimas, mientras que el 17 por
ciento (40 casos) eran familiares.
En cuanto al rango etario, 162
tenían entre 19 y 50 años mientras que 13 casos eran menores de edad y 44
superaban los 41 años.
Con respecto a los femicidas, el
mismo informe revela que 16 de ellos pertenecían a fuerzas de seguridad y 46 de
los autores se suicidaron después de cometer el hecho.
La violencia y el género desde
la perspectiva del psicoanálisis
Así como otros términos que son
de uso común como responsabilidad, conciencia del acto etc, la violencia de
género debe encontrar una especificidad para el psicoanálisis.
En principio, podría decirse que
la violencia comienza cuando las palabras fallan.
Lacan aborda el tema de la
violencia desde sus primeros escritos, entre ellos, el más importante es, sin
duda “La agresividad en Psicoanálisis” (Lacan, 1966a), en el cual se trata el
concepto de pulsión de muerte desde la perspectiva de la agresividad
imaginaria.
En la época clásica de su
enseñanza continúa ubicando la violencia en el eje imaginario. En el escrito “Introducción al comentario de Jean Hippolite a la verneingnung
de Freud” dice: “ ¿no sabemos acaso que
en los confines donde la palabra dimite empieza el dominio de la violencia, y
que reina ya allí, sin que se la provoque? tenemos entonces que la dimisión de
la palabra puede implicar el comienzo de la violencia (Lacan, 1966b)
Luego, en el Seminario 5 dice:
“…la violencia es ciertamente lo esencial de la agresión, al menos en el plano
humano. No es la palabra, incluso es exactamente lo contrario. Lo que puede
producirse en una relación interhumana es o la violencia o la palabra. Si la
violencia se distingue en su esencia de la palabra, se puede plantear la
cuestión de saber en qué medida la violencia propiamente dicha […] puede ser
reprimida, pues […] solo se podría reprimir lo que demuestra haber accedido a
la estructura de la palabra, es decir, a una articulación significante” (Lacan,
1958)
En este párrafo refuerza la idea
de oponer violencia y palabra.
Además, la definición recuerda un
principio del psicoanálisis: solo se puede reprimir lo que accedió a la
estructura de la palabra. Eso nos permite pensar que la violencia cuando se
produce resulta imposible de reprimir ya que burla la articulación significante
que podría capturarla.
Finalmente Lacan varía su enfoque
en el último tramo de su enseñanza. El tema no aparece tan explícitamente pero
aparece en sus derivaciones en los temas como la segregación, el racismo o el
estrago, que pueden ser tomados como las distintas declinaciones de la
violencia.
En su última enseñanza, Lacan
apela al ascenso al cénit social del objeto a y a la caída de los ideales. El
objeto a es pensado como los objetos de consumo que se prometen como medio de
obtención de goce, esto ya no será regulado por los significantes ideales sino
por ese objeto que en el mercado capitalista se convierte en un motivo de
consumo por el cual se promete la obtención de ese goce.
En este marco podemos ubicar las
declinaciones de la violencia a las que se refiere Lacan y abordaremos
fenómenos actuales ligados a la violencia que continúan escapando a las
articulaciones significantes, pero ahora quedan vinculados a lo Real.
Cabría consignar aquí, el
concepto de síntoma social, en “La tercera”, Lacan lo define así: “… Sólo hay
un síntoma social: cada individuo es realmente un proletario, es decir, no
tiene ningún discurso con qué hacer lazo social, dicho con otro término,
semblante” (Lacan, 1974)
Es decir que cuando se produce un
síntoma social, el individuo no cuenta con el recurso de poder decirle algo al
otro, de dirigir su mensaje al otro por no contar con ningún discurso que le
permita crear un vínculo con él, que le permita hacer un lazo social.
A partir de estas consideraciones
podemos pensar que si la violencia se produce por fuera de la articulación
significante, como una manifestación asocial que incomoda e impide el
establecimiento del lazo social, y si como habíamos dicho el síntoma social es
cuando se evidencia que el individuo no tiene ningún discurso con qué hacer
lazo social, entonces la violencia es un síntoma social.
El “género”, por otra parte
merece una consideración especial. Es importante aclarar que para el
psicoanálisis, la posición sexuada hombre y mujer no está dada por la anatomía.
Sino que son posiciones que están referidas a la castración, al falo y a la
particular manera de gozar.
La forma fetichista para el lado
hombre y la forma erotómana en la mujer, son las formas en que cada ser sexuado,
hombre o mujer se posiciona frente al otro sexo. La forma masculina se ajusta a
la fórmula del fantasma, en tanto el sujeto dividido se dirige al objeto a,
objeto de goce preciso, ubicable y unívoco.
Por el contrario, la fórmula de
La tachada, donde se ubica la imposibilidad de escribir lo femenino y se dirige
al significante del Otro en tanto tachado S(A/) se dirige no al objeto sino al
Otro.
Se trata de la afinidad de la
mujer con este Otro, esa alteridad que ella misma es para con ella, Este Otro
que a la altura del Seminario 20 es el cuerpo mismo. La parte mujer también se
desdobla en dirección hacia el falo, este desdoblamiento es leído como el
No-Todo.
El partenaire síntoma y el estrago
Me parece interesante a los fines
de este trabajo puntualizar cuestiones sobre la disparidad de los goces, ya que
en el femicidio se trata de establecer las coordenadas en las cuales un hombre
mata a una mujer.
Por un lado, tenemos la vertiente
de la mujer como síntoma de un hombre: el síntoma es un aparato que articula
deseo y goce, la mujer síntoma tendría para un hombre ese valor de ser aquélla
que puede realizar esa articulación entre su goce y su deseo, es decir que
ocupa el lugar de la causa de deseo de un hombre.
La relación de pareja supone que
el Otro se torna el síntoma del parlêtre, es decir que se convierte en un medio
de goce, en un modo de gozar del inconciente y del saber inconciente, en un
modo de gozar del cuerpo del Otro.
Lacan dice que una mujer es un
síntoma para un hombre y que un hombre puede ser para una mujer una aflicción,
incluso un estrago.
Así como el síntoma entraña un
sufrimiento localizado, limitado, el síntoma para la mujer por estructura se
presta a la infinitización, está marcado por la estructura del No- Todo y en
ocasiones puede llevarla al estrago; éste tiene que ver con la demanda de amor
infinita que puede encarnar una mujer. En ese sentido un hombre puede ser una
desvastación para ella.
Al no existir correspondencia
entre los sexos, se revela que no hay armonía entre los modos de gozar de los
seres colocados a uno y a otro lado de las fórmulas de la sexuación. Por esta
razón, la pareja se hace sintomática.
El malentendido del goce
El primer malentendido al que el
sujeto se enfrenta es al que lo enfrenta al deseo del Otro, un malentendido que
hace aparecer una fractura en la significación y que tiene un efecto
traumático.
El segundo malentendido, es el
malentendido del goce entre los sexos, ya no se trata ahora de que no haya
simetría entre los sexos, es que en el campo del goce no hay tampoco
reciprocidad posible entre ellos.
La alteridad del goce del Otro es
con frecuencia experimentado como intolerable para el propio sujeto. Es
precisamente uno de los desencadenantes de la violencia dirigida al otro,
especialmente a la violencia contra las mujeres.
Frente al malentendido entre los
sexos, frente al problema del irreductible goce del Otro como traumático hay
dos vías, dos mecanismos: la construcción de un fantasma y la otra es la del
pasaje al acto violento que pone en acto ese fantasma, atravesando el marco de
su pantalla.
Como decía al principio de este
trabajo, el lugar del objeto a como gadget, como aquéllos objetos de consumo
que ascendieron al cénit social y que a la vez provocaron la caída de los ideales y la disolución de
los semblantes quizás sean las coordenadas que expliquen que la pantalla del
fantasma parece cada vez más tenue, cada vez parece cumplir menos su función de
defensa contra el goce del Otro, cada vez el sujeto se ve llevado de manera más
imperativa al pasaje al acto.
Considerado en la posición
masculina, el pasaje al acto violento sobre una mujer se suele revelar como una
forma de buscar y golpear en el Otro, lo que el sujeto no puede simbolizar, lo
que no puede articular con palabras sobre sí mismo.
Puede entenderse así la relativa
frecuencia con la que el pasaje al acto ejercido por el hombre termina en el
suicidio o en quedarse al lado de la víctima para ser detenido. No se trata
tanto del autocastigo como de la consecuencia última de un acto que toma al
otro como lugar mediador en el que golpearse a sí mismo.
Algunas cuestiones relacionadas al femicidio
Por la limitación que impone la
extensión de este trabajo no profundicé sobre algunos temas que me resultaron
muy interesantes en el transcurso de la investigación y que me gustaría dejar
planteados.
En principio, en relación a lo
femenino, es necesario destacar la posición y el empuje a la infinitud que la
demanda de amor puede tomar a una mujer y que unida a la impotencia que provoca
a los hombres los nuevos posicionamientos femeninos, puede dar lugar a la
violencia.
Otro aspecto que me interesó, es
el planteo de la violencia como suplencia transclínica a la relación sexual que
no hay. Un estudio de los nuevos “odioenamoramientos” a la luz de los cambios
sociales.
El lugar del superyó en la mujer
y las consecuencias estragantes de poner el amor de un hombre en el lugar de
aquél que podría ponerla en una posición de culpabilidad.
En el caso de los hombres, la
posición en la que queda el sexuado masculino cuando la mujer no responde como
objeto de su fantasma y lo interpela desde un lugar enigmático .
La feminización del mundo y sus
consecuencias.
Bibliografía
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